
Bueno, chico, lo que se dice chico, no: "Ornitorrinco Playboy".
Todo fue a raíz de mi participación en un reality show de una cadena extranjera. Allí me hice famoso y al volver aquí, mi manager, me aconsejó aceptar una sesión de fotos para una revista. Una cosa llevó a la otra... Y así fue cómo me convertí en "Ornitorrinco Playboy".
¡Dios! cómo ligué desde que salí en portada. Me llamaron a todos los platós de televisión; los "paparachis" apostados en la entrada de la urbanización y en la puerta de mi casa, buscando la foto robada, las declaraciones de última hora; las chicas se me pegaban como moscas.
Tuve un affaire con una modelo. Ella decía que le daba un morbo... con sólo hablar conmigo por teléfono ya se ponía a jadear, mientras yo abría los ojos sin comprender cuál era mi encanto oculto, ¿sería mi cartera que por aquel entonces estaba bastante abultada? porque por otra clase de bulto no creo que fuese. ¡Que no es para tanto, que yo me conozco!
Nuestro romance duró lo que la dureza de mi cartera. Y eso que yo era también duro, en otro sentido de la palabra. No es que sea tacaño, pero que me lo pienso un poquito antes de gastarme un euro en una memez: que si llévame a cenar, que si este hotel no es de cinco estrellas y no me gusta esta suite, que si el descapotable del mes pasado ya no me gusta tampoco...
La última vez que follamos, ¿se puede decir así? lo digo para no desmerecer el champán con el que brindamos antes de romperle las tirantillas del vestido de noche a mordiscos. Un champán caro, carísimo, con el que acompañamos el caviar que nos subió el camarero a la habitación.
La tumbé sobre la cama con la fuerza animal que me caracteriza, mientras mi pico acariciaba sus más íntimas profundidades marinas, mi cola masajeaba y palmeaba su trasero. (Sé que la postura es un poco contorsionista, pero ¡si yo les contara la de cosas que sé hacer con mi cuerpo...!) Eso le gustaba mucho o, al menos, así me lo hacía saber:
-Eres mi hombre, ahora, poseeme como a una perra.
Yo siempre la corregía sobre su confusión con respecto al reino animal:
-Querida, ni yo soy un hombre, ni tú una perra-. A veces no me dejaba ni acabar la frase.
Aquella noche fue una de esas en que no me dejó acabar la frase. Ella ya tenía preparada su acometida, mientras me rozaba el pecho con su tanguita:
-Orni, querido, mañana necesito tu chequera firmada a primera hora para...
-Lo siento, chochito, (¿se puede decir así? lo digo para no desmerecer el anillo de brillantes que intentaba en ese momento quitarle del dedo, para que no me arañase con él) pero me he quedado sin blanca porque...
No me dejó acabar la frase, la muy guarra. Cerró el puño para no dejar escapar el anillo, cogió fuertemente el tanga, se enfundó el vestido, se calzó sus tacones de agujas, bebió un sorbo de champán y me dijo, la muy zorrona:
-Fue bonito mientras duró-, y salió de la habitación dando un portazo. Me dejó con dos palmos de erección y el pico abierto sin terminar de salir de mi asombro.
Nunca más supe de ella, me quitó mi cartera y mi orgullo de ornitorrinco. La muy...



Hay de todo en la viña del Sr. esperemos que la próxima vez, no te topes con otra perra.
ResponderEliminar... Ni "con otra perra", ni con otra guarra. Bueno, guarrillas, sí, que me ponen muuuuucho!!
ResponderEliminarJajajaja... ¡Pero qué cosas tiene esto de la fama!
ResponderEliminarPobre Ornitorrinco, quedarse así... con el piquito abierto como si estuviera expirando... Si es que, hay cada pieza suelta... Pero no te preocupes que ahora ya no te va a pasar, pues según parece ya liquidaste toda tu cuenta bancaria ¿no?
Por cierto, hiciste bien en corregirle las distintas especies del reino animal, pues la pobre chiquilla se ve que iba un tanto despistada jijiji....
Una caricia en tu piquito (y ojo con morderme que te veo!!!)
¡Tú no lo sabes bien! He llegado a detestar la fama, ahora vivo en total anonimato y, así puedo hacer lo que quiera en total libertad. Claro, con la cartera vacía, jajaja.
ResponderEliminarNena, no muerdo, sólo beso con lengua. Me encantan tus visitas.